Virgen María, Madre mía, me consagro a ti y confío en tus manos toda mi existencia. Acepta mi pasado con todo lo que fue. Acepta mi presente con todo lo que es. Acepta mi futuro con todo lo que será.

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

¡Queridos hijos! También hoy les traigo mi bendición y los bendigo a todos, y los invito a crecer en este camino que Dios comenzó, a través mío, para vuestra salvación. Oren, ayunen y testimonien alegremente vuestra fe, hijitos, y que vuestro corazón esté siempre colmado con la oración. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario

Muchos son los caminos que conducen a la salvación, todos los que llevan a Cristo. Sin embargo, hay uno privilegiado por el mismo Dios y ese es la Santísima Virgen María, la Madre de nuestro Señor.

Jesucristo reveló la ulterior misión salvífica de su Madre cuando Él mismo nos la dio como Madre nuestra en la cruz. Ya allí, en la terrible tarde del Gólgota, comenzó este camino de salvación con el sí definitivo de la Virgen. Al pie de la cruz se ofrecía Ella y ofrecía a su Hijo en perfecta unión al sacrificio redentor que el Señor hacía de sí mismo al Padre. Cuando oscurecía la tarde, cuando Jesús daba su último grito y ya muerto la lanza atravesaba su costado, cuando el velo del templo se rasgaba, el Corazón de la Virgen, puro, inmaculado, era también atravesado en sacrificio de corredención.

Junto al Hijo muerto el Corazón de la Madre se partía de dolor, alumbrándonos a nosotros, a cada uno de nosotros. Porque todos estuvimos esa tarde de ese Viernes Santo allí en el Calvario y nacimos como hijos de esta bendita Madre. Allí empezó ese camino que Dios dispuso para nuestra salvación: el más perfecto, más corto, más seguro, más rápido y bendecido que conduce a Jesucristo, el Salvador.

Ese camino nos ha sido nuevamente mostrado, como nunca antes, a partir de estas apariciones de Medjugorje. Y allí, nuestra Santísima Madre y Maestra nos ha venido enseñando que para alcanzar la salvación hay que abrir el corazón a la gracia y tener fe firme en Cristo. Fe que es alimentada por la confianza que tenemos en Ella, por el reconocimiento de que está presente, junto a nosotros en este tiempo tan difícil para todos. Porque Ella viene a conducirnos en medio de la oscuridad y la confusión general y su sola presencia nos habla de cielo, de eternidad, de confirmación de todos los artículos de nuestra fe.

Desde el inicio de las apariciones nos ha estado enseñando que debemos orar y ayunar. Que la oración debe ser de todos los días y que, aunque las distintas modalidades y tipos de oraciones son buenas el Rosario tiene su preferencia. Debemos también, nos lo ha repetido, ayunar. A pan y agua, miércoles y viernes. Nadie está exceptuado de orar, pero sí puede estarlo de ayunar a pan y agua si está enfermo con alguna enfermedad que desaconseje el ayuno o ese tipo de ayuno. En esos casos siempre es posible algún sacrificio que se ofrezca a cambio. ¡Cuánto debemos ayunar de televisión y de lecturas y vistas que no son edificantes!

Nuestro corazón debe estar colmado de oración, nos dice. La oración debe ser tal que se vuelva incesante. Debemos ampliar y profundizar nuestros momentos de oración y tener siempre un constante anhelo de Dios. En momentos en que no es posible rezar, por ejemplo un Rosario, siempre es posible decir mentalmente alguna oración corta, como la llamada oración del corazón que practican los cristianos de oriente y repiten en cada ritmo respiratorio: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí (pecador)”. O bien alguna jaculatoria conocida. Son esas formas breves de rezar que se adaptan muy bien a una oración silenciosa en momentos de actividad. La clave es tener siempre puesto el pensamiento en Dios.

Orar es hablar con Dios. Es tratar con Él, es entrar en su intimidad, es profundizar la amistad, es contemplar o sea meditar el secreto del amor de Dios, es pedirle lo que creo necesitar, es interceder por otros, es alabarlo y darle gracias, pedirle su bendición y bendecir su nombre, es consolarlo reparando y desagraviando por las blasfemias y sacrilegios que se cometen, es contarle mis alegrías y mis tristezas y -no olvidarlo nunca- saber hacer silencio para escuchar qué le dice a mi corazón, para encontrar luz y sentir sus mociones en el espíritu. Es todo eso y más, todo lo que voy descubriendo en cada oración de cada día. Y es también quedarse sin palabras, sin saber qué decir o algunas veces no sentir particular gusto por la oración. Orar, orar siempre. A eso estamos llamados, a llenar la vida con oración, que es llenarla de Dios.

San José María decía: “¿Que no sabes orar? -Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración!…”-, está seguro de que has empezado a hacerla”. “Mira qué conjunto de razonadas sinrazones te presenta el enemigo, para que dejes la oración: “me falta tiempo” -cuando lo estás perdiendo continuamente-; “esto no es para mí”, “yo tengo el corazón seco”… La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada”.

Ciertamente, la adoración, el estar frente a la presencia eucarística única del Señor es un modo privilegiado de oración, de encuentro con Él. Es un encuentro iluminante que vuelve radiante nuestra vida. ¡Qué maravilloso y elocuente testimonio de fe damos cuando estamos adorando en silencio! No hace falta más para decir tanto. Estamos diciéndole al mundo: “aquí está Él. Éste es Dios, el Emmanuel, el Dios con nosotros y por nosotros. Por eso, estoy aquí de rodillas en adoración y tú también estás invitado. Es Jesucristo que te llama”. Como nos pidió nuestra Madre: “Enamórense de Jesús en la Eucaristía”, “Adoren a mi Hijo sin interrupción”.

Me atrevo a pensar que entre los muchos de los que seguimos a Medjugorje varios hemos alguna vez descuidado el ayuno. En ese caso debemos recuperarlo, junto a la oración. La experiencia es que ayunando, la oración se vuelve más concentrada, mucho menos distraída y, por tanto, más profunda. Y también que rezando es más fácil ayunar. Oración y ayuno se reclaman mutuamente.

También puede que estemos hablando más de Dios que con Dios y que queramos convencer a nuestros conocidos a través de nuestras palabras. Más los convenceremos cuando por la adoración o la oración profunda reflejemos algo de la luz de Dios, es decir demos convincente testimonio de vida. En lugar de hablar tanto de Dios con el amigo debemos hablar más a menudo a Dios del amigo. Y todo con alegría, con la alegría que da la fe en Dios y la confianza en nuestra Madre. Con la alegría que grande es nuestra esperanza porque nuestra Madre está aquí con nosotros y no nos deja. Porque pese a que no faltan quienes la rechazan, no creen, se burlan y tratan de desacreditar las apariciones para acabar con estas verdaderas epifanías de la Madre de Dios, Ella, en cambio, permanece con nosotros. Viene todos los días a manifestarnos su cercanía, a rezar con nosotros y a mostrarnos que nada tenemos que temer porque, siendo Ella quien es -la Enviada para estos tiempos- Dios mismo está con nosotros.  Y si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Cf. Rm 8:31).

Ese es el gran motivo de alegría.

Hemos perdido la alegría que da testimonio de nuestra fe, porque esa alegría es fruto del Espíritu Santo, y no predicamos la necesidad de estar alegres. Por eso, la Santísima Virgen viene a recordárnoslo.

San Pablo no se cansaba de exhortar a los primeros cristianos de las comunidades de Galacia, de Filipos y de Tesalónica diciéndoles: “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”. “Estad siempre alegres. Orad constantemente”. (Cfs. Flp 4:4; Ga 5:22; 1 Ts 5:16). La alegría se nutre del corazón colmado de oración.

Esta nueva invitación a la conversión no es a permanecer en el mismo lugar del camino, sino a crecer espiritualmente avanzando por él. Al mismo tiempo que nos invita nos da la manera de crecer: intensificando la oración y el ayuno con la alegría de la fe en Dios que es más poderoso que todas nuestras contrariedades y enemigos.

Vivamos en la alegría, nuestra Madre está aquí y nos bendice.


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org

Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!


Anuncios

One Response to Virgen María, Madre mía, me consagro a ti y confío en tus manos toda mi existencia. Acepta mi pasado con todo lo que fue. Acepta mi presente con todo lo que es. Acepta mi futuro con todo lo que será.

  1. rosa dice:

    virjen maria no me abandones el rosario es mi compañia

    que dios los bendiga rosita

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: