Oh, Corazón Inmaculado de María, ardiente de bondad, muéstranos tu amor. Que la llama de tu Corazón, Oh María, descienda sobre todas las personas

Oh, María, dulce y humilde de corazón,cúranos de toda enfermedad espiritual.

Oh, María, dulce y humilde de corazón,cúranos de toda enfermedad espiritual.

Queridos hijos, trabajen con alegría y arduamente en su conversión. Ofrezcan todas sus alegrías y tristezas a mi Corazón Inmaculado para que los pueda conducir a todos a mi amadísimo Hijo, de modo que en Su Corazón encuentren la alegría. Estoy con ustedes para enseñarles y conducirlos a la eternidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

“Queridos hijos, trabajen con alegría y arduamente en su conversión”

La conversión es obra de todos los días. Cada día debemos, con tenacidad, cooperar con la gracia divina por medio del esfuerzo de la voluntad. Aunque esta vez no esté dicho de manera explícita sabemos que en este camino hacia Dios lo primero es la oración. Sin oración y oración diaria no puede haber conversión. Repetidas veces nos ha dicho la Madre de Dios: “oren, oren, oren”. Y nos explicó que no sólo aludía al aumento de la oración sino también a su profundización. Nos pide rezar cada día el Santo Rosario y a la oración vocal sumar, en el silencio del corazón, la meditación que eleva el espíritu y nos acerca aún más a Dios.

Aún siendo lo más importante, la oración es necesaria -como medio insustituible- pero no suficiente para avanzar y completar la conversión. Por eso mismo, nuestra Santísima Madre a través de todos estos años nos ha ido enseñando y conduciendo al perdón de Dios y a perdonar a quienes nos han ofendido (no en vano su primer mensaje fue de reconciliación como condición de paz), a la misericordia dada y obtenida de Dios, a la renuncia a todo sentimiento negativo como purificación también del corazón. Y, puesto que lo que la Reina de la Paz quiere de nosotros es ante todo el corazón, cuando pide ayunos, sacrificios, ofrecimientos y desprendimientos nos dice que siempre ellos deben venir del corazón. Convertirse exige, además, de cada uno la atenta escucha de la Palabra de Dios y su lectura y su cumplimiento en la vida de cada día. Por eso también nos exhorta a leer y meditar la Sagrada Escritura cada día. Y nos llama a vivir la Santa Misa, amando a la Eucaristía y respondiendo con el culto de adoración, incluso la adoración incesante o perpetua. Y si nos urge a la conversión es no sólo por nosotros mismos sino también para que a través de nosotros a otros llegue la salvación. Este mismo mensaje es otro llamado sin dilaciones a trabajar arduamente por la conversión personal.

Nos puede ocurrir y nos ocurre que muchas veces no nos vemos avanzar en la vida espiritual y que la conversión se percibe como atascada. Suele pasarnos que la oración se vuelva árida, monótona y que tenga más de monólogo que de diálogo con Dios. Es muy común que veamos que seguimos confesando los mismos pecados e idénticos vicios que no acaban de ser erradicados. Estos y otros motivos hacen que pueda cundir en nosotros el desaliento y la tristeza y hasta, en algunos casos, una gran aflicción rayana con la desmotivación. Por eso, nuestra Santísima Madre agrega en este mensaje “trabajen con alegría”. Alegría porque el Reino es gozoso, porque estamos caminando, aunque nos parezca que no, que nos detenemos o hasta a veces retrocedemos, hacia todo bien. Porque el Cielo conoce nuestros esfuerzos, nuestras pruebas pero también ve nuestra perseverancia en medio de la adversidad y ello será muy recompensado. Porque cuando estamos en el camino todo lucra para nuestro bien, todo es ganancia espiritual para la eternidad. Porque sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Cf. Rm 8:28). Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Nada ha de separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Cf. Rm 8:35.38). Cristo es nuestra alegría. Él no sólo es nuestro destino sino nuestro compañero en esta vida. Y esto nos lo recuerda nuestra Madre cuando dice:

Ofrezcan todas sus alegrías y tristezas a mi Corazón Inmaculado para que los pueda conducir a todos a mi amadísimo Hijo, de modo que en Su Corazón encuentren la alegría”

Es decir que en el Corazón de Cristo está nuestra alegría. Y esa alegría nuestra en Cristo Jesús no depende de las condiciones objetivas que nos toque vivir. Ya en el mensaje dado el 25 de marzo de 2006 nos decía la Reina de la Paz: A través de cada una de vuestras tribulaciones y padecimientos, Dios les mostrará el camino de la alegría”.

Al Corazón de nuestro Señor Jesucristo somos conducidos por María su Madre y Madre nuestra. Precisamente a esto viene a visitarnos a Medjugorje. Y así nosotros nos acercamos al Señor por medio de su Inmaculado Corazón, verdadero altar de Dios, a quien ofrecemos nuestras ofrendas de amor y todo cuanto nos acontece, bueno y malo. Le ofrecemos a Dios, por medio de la Santísima Virgen, las tristezas de nuestra pobre vida cada vez que a Ella recurrimos, que le hablamos de nuestros sufrimientos y pedimos su intercesión maternal, y –sobre todo- cada vez que se las ofrecemos a Ella, a quien Cristo hizo Madre nuestra en la cruz. Así como las tristezas, también nuestras alegrías debemos ofrecérselas para no quedarnos con el mérito ni con el goce egoísta. De ese modo todo lo nuestro será de Dios por medio de María.

Nunca se ha de repetir lo suficiente la importancia que tiene para Dios el sufrimiento ofrecido. Es la cruz de Cristo la que le da sentido a todas nuestras cruces dándole un valor enorme: el poder de corredención.

Esa palabra –corredención- a algunos suele producirles escozor, especialmente si van referidas a la Madre de Dios. Por eso, veamos qué se quiere significar con ella. Si bien nada faltó a la Pasión de Cristo porque fueron, son y serán su sacrificio y su mediación perfectos, sin embargo quiso el Señor, en su infinita sabiduría y bondad, hacernos participar de su plan de salvación. Y así no sólo por medio de oraciones o de buenas acciones podemos intervenir en la propia salvación y en la de otros sino también por medio del sufrimiento ofrecido unido a la Pasión del Señor. Ese y no otro es el sentido de la famosa frase de san Pablo de su carta a los colosenses, cuando dice: “me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros y completo en mi carne lo que le falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1:24).

El Padre José Luis de Urrutia, sacerdote jesuita, que sufrió lo indecible tanto física como espiritualmente decía: “El problema no es sufrir más… para ser santo no tienes que sufrir más, tienes que sufrir mejor… El sufrimiento que más vale es el sufrimiento aceptado… La Pasión de Cristo no fue un sufrimiento buscado: “Padre, que pase de mi este cáliz”, llegó a pedir. Pero, luego lo aceptó: “Hágase tu voluntad”… Constantemente en la vida nos están viniendo sufrimientos que… desaprovechamos (porque no los aceptamos)… Vale tanto un poco de tu sufrimiento unido al de Cristo, que con él hará maravillas… En concreto ¿qué sacrificios tendrás que aceptar? (y sólo enuncia algunos)… el sacrificio que te cueste cumplir con la ley de Dios, desde el ir a Misa los domingos hasta el guardar la castidad según tu estado; el de mantener tu honradez ante la tentación de un negocio sucio; el practicar los actos de piedad: oración, comunión frecuente, etc… Ese vivir en cada momento al servicio de los demás… superando las antipatías y rencores, olvidando las ofensas… Por fin lo que independientemente de tu voluntad tienes que padecer, sea una enfermedad, dificultades económicas, la falta de cariño, las injusticias, la soledad… (hasta las mil contrariedades de la vida de cada día)”.

El sufrimiento aceptado, unido al de la Pasión del Señor, ese sí que es fecundo y tiene valor para el que lo sufre y para otros que marchan hacia la perdición.

A modo de despedida nos dice:

Estoy con ustedes para enseñarles y conducirlos a la eternidad”

Nos da la razón última de su venida y también la de estos tiempos. No es audaz pensar que en la reiteración al llamado a la conversión y en la mención a la eternidad, además de despertarnos a la necesidad de dejarnos guiar por el camino de conversión hacia las realidades eternas que cada día decidimos como elección de vida aquí en la tierra, haya algo de perentorio por acontecimientos por venir. No en vano, Ella misma nos ha invitado a reconocer los signos de estos tiempos. Aunque los tiempos se muestren terribles por las gravísimas ofensas a Dios, por el desborde de mal, por las persecuciones en ciernes, nada deberemos temer en la medida en que sepamos desprendernos de las ataduras a las cosas terrenales (Cf Mens. 25/10/06), nos confiemos a la guía de la Madre de Dios y sigamos sus enseñanzas.

Para finalizar recordemos sus enseñanzas a propósito de conversión; de la vida eterna y del temor al futuro. El 25 de marzo del 2008 nos dijo: “Hijitos, transcurran el mayor tiempo posible en oración y adoración a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar para que Él los cambie y ponga en vuestros corazones una fe viva y el deseo de la vida eterna. Todo pasa, hijitos, sólo Dios permanece”. Y el 25 de enero del 2001 había dicho: Hijitos, quien ora no teme el futuro y quien ayuna no teme el mal”. Que así sea.

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org

¡Bendito, Alabado y Adorado

sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

Sea Por Siempre Bendito Y Alabado!

Gloria al Padre, Al Hijo, Y Al Espiritu Santo!

Como era en un principio ahora y siempre por los siglos de los siglos Amén.

Oración para el día de ayuno

(Miércoles y viernes)

Padre amoroso, hoy he decidido ayunar.
Recuerdo que tus profetas ayunaban,

que Jesús Nuestro Señor ayunó,

y que también lo hicieron sus discípulos.

La Santísima Virgen también ayunó

y ahora me invita a que yo lo haga.

Padre Eterno, te ofrezco este día de ayuno.

Que a través de él pueda yo estar más cerca tuyo,

me muestre tus caminos y abra mis ojos

para que reconozca tus muchos dones.

Que mi corazón rebose de amor hacia Ti y hacia mi prójimo.

Señor, que este ayuno me haga crecer en comprensión

hacia el hambriento, el que está desposeído, el pobre.

Haz que vea mis posesiones como dones del peregrinar

que deben ser compartidos.

Dame también la gracia de la humildad

y la fuerza para hacer tu Voluntad.

Señor, que este ayuno me limpie de los malos hábitos,

calme mis pasiones, y aumente en mí tus virtudes.

Y tú, Madre mía, obtén para mí la gracia de ayunar con alegría,

que mi corazón pueda cantar contigo

un canto de acción de gracias.

Pongo en tus manos mi decisión de ayunar con firmeza.

Enséñame, a través del ayuno, a ser más y más

como tu Hijo Jesucristo, por medio del Espíritu Santo.
Amén.

Queridos hijos, hoy los invito a renovar la oración y el ayuno, aún con mayor entusiasmo, hasta que la oración se convierta en alegría para ustedes. Hijitos, quien ora no teme el futuro y quien ayuna no teme el mal. Les repito una vez más: sólo con la oración y el ayuno hasta las guerras pueden ser detenidas, las guerras de vuestra incredulidad y de vuestro miedo por el futuro (25/01/2001)

ORACIÓN A SAN PÍO DE PIETRELCINA

Padre Pío,

tú viviste en el siglo del orgullo,

y fuiste humilde.

Padre Pío,

tú pasaste entre nosotros en la época

de las riquezas soñadas, jugadas y adoradas,

y permaneciste pobre.

Padre Pío,

junto a ti ninguno oía la Voz,

y tú hablabas con Dios.

Cerca de ti ninguno veía la Luz,

y tú veías a Dios.

Padre Pío,

mientras nosotros corríamos afanosos,

tú te quedabas de rodillas

y veías el Amor de Dios clavado a un Madero,

herido en las manos, en los pies y en el corazón,

para siempre!

Padre Pío,

ayúdanos a llorar delante de la Cruz,

ayúdanos a creer delante del Amor,

ayúdanos a sentir la Misa como llanto de Dios,

ayúdanos a buscar el perdón como abrazo de paz,

ayúdanos a ser cristianos con las heridas

que derraman sangre de caridad fiel y silenciosa,

como las heridas de Dios!

Amén.


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